—… es que nos denunciaron que ustedes andan repartiendo propaganda aquí, en el parque —no alcanzo el principio de la plática, pero el que explica es una especie de policía oficioso. No pertenece a ninguna corporación de las que ahora abundan en las calles, parques, edificios y demás andares chihuahuenses. Trae una camisa blanca con bordados consistentes en un escudo de armas y leyendas que lo identifican, algo así como “Robocop incorporated”.—¿Y?
—Que está prohibido.
—¿Por quién?
—Es la política del parque —pero “el parque” es la ciudad deportiva, la que construyera para todos los habitantes el insigne Foglio Miramontes en mil novecientos cincuenta y…, según reza la estatua de la esquina, entonces no puede tener más política que la constitución de los estados unidos mexicanos y las leyes que de ella emanen. El muchacho se lo hace saber y el velador ascendido a vigilante dubita—. Además, están obstruyendo el paso. Eso no nos lo denunciaron, aquí están mírelos —y señala a los compañeros del activista que se ha acercado a atenderlo.
—Ahí sí se equivocó, mi buen: el que obstruyó el paso ayer fue Duarte, se tomó toda la calle Once, la Aldama y buena parte de la Libertad, yo lo vi. Puso unas torresotas así de sonido y estuvo ahí…
—Tendría permiso…
—El otro —el movilizado hace como que no escucha la disculpa a medias— está ahorita en el Palomar, igual y van y lo buscan y verán que tiene tapada la Ocampo, la Deza y la otra.
Me voy, el duelo entre el promotor del Voto Nulo y el guardián privado de la seguridad pública ha terminado.
Más adelante está otra activista. Ahora es una mujer joven, una jovencita que también trae su camiseta color vino y las letras amarillas que gritan: ¡No Keremos esta Guerra!, ella platica con un encuestador que trae una tabla con broche en el tope con el que sostiene unas hojas llenas de cuadritos de opción múltiple, para poner crucecitas:
—Y ¿ustedes por quién van a votar? —impaciente, la muchacha mira al cielo y supongo que le repite, por el tono de la voz:
—Que vamos a anular el voto.
—O sea que no van a votar —y llena uno de los cuadritos.
—Que no, que sí vamos a votar, pero vamos a anular el voto, no nos llena el ojo ningún partido, ningún candidato…
—Bien. Pero si en estos momentos fueran ya las elecciones, ¿quién cree usted que ganaría? ¿Borruel, Duarte u Orozco?
—Ninguno. La gente está harta, alguno sacará la mayoría de los votos emitidos, pero serán bien pocos, no creo que ninguno alcance suficientes para legitimarse… —Pero no puede terminar su respuesta. La capacidad de síntesis del hombre de la cachucha blanca es mucha:
—Que no sabe —y pone otra crucecita en la cuarta o quinta fila de alvéolos—. ¿Cree usted que alguno de ellos pueda detener la violencia? —lo mira, lo mide y le dispara:
—Que voy a anular mi voto.
—Cualquiera, entonces. ¿Vota usted por candidatos o por partido?
—Permítame… —extiende las manos, el otro, sorprendido entrega la tabla y la pluma, ella, firme, segura y decidida, cruza toda la encuesta, de esquina a esquina y le anota con grandes caracteres: “No Keremos esta Guerra”. Y se va. El encuestador se queda pensando qué van a hacer los que procesen esta respuesta, en qué estadística acomodarán tanta indecencia.




