lunes, 14 de junio de 2010

Hace campaña en el Palomar la paracandidata

Hicieron gala de ingenio. Sus materiales no tienen el sello del plástico y la ultramoderna tecnología que permite reproducir los rostros sonrientes al infinito.
Dos pendones centrales y otras dos mantas que, se nota, las hicieron ellos mismos. Aproximadamente de siete metros, las cuelgan del paso peatonal que conecta a Anthony Quinn con el quiosco ahora cerrado herméticamente. Una dice “No Keremos esta Guerra”, la otra combina y remata: “Anula tu voto”. Otras más pequeñas dan cuenta de su solidaridad con las luchas de Cananea y los electricistas del centro del país.
No pasan de treinta y la mayoría traen sus camisetas color vino que con vivos amarillos y blancos también gritan sus consignas. Ella trae una peluca tricolor y una nariz postiza muy roja que se sostiene con cintas elásticas desde la nuca. Es su “paracandidata”, nos dicen.
Contrastando con el alto volumen del sonido que allá, en la concha, del otro lado del Palomar hacen sonar los jóvenes panistas, ella lleva un modesto megáfono y tira su discurso:
—Blablablabláblabla. Bla bla bla blá —los destinatarios, los desprevenidos paseantes del popular parque, primero se sorprenden, luego entienden o creen entender la broma. Una pareja se explica entre ellos:
—Quieren simbolizar el discurso vacío de los candidatos oficiales y oficiosos —ella asiente con la cabeza condescendiente, como queriendo decir “obvio”.
A la pretendiente a ser electa, la acompañan el resto de uniformados color vino, coreándola “¡Bla, bla blá!”, con ritmo y énfasis. Es curioso, a la distancia suena casi exactamente como las porras de los otros candidatos, los que sí ganarán y perderán, según tengan o no voto duro.
Cargan cartulinas en blanco porque no están escritas, de tonos verdes, azules y amarillos, como las pelucas de las dos principales comparsas de la paracandidata. Las esgrimen y agitan ante los ojos ahora sonrientes de quienes voltean a verlos.
Otros reparten lo que dicen son pases “para que no vayan al circo más caro del mundo, el electoral”. Es un pequeño volante que, por un lado, trae fotos de los dos principales candidatos a gobernador y, por medio de un montaje, esféricas narices de payasos. Por el otro, un diagrama de la boleta electoral anulada con una cruz de gruesos trazos.
—Bla, bla, bla… —y se acerca a besar a todos los niños que encantados se dejan retratar por más activistas de la anulación del voto. Saluda de mano a los vendedores ambulantes, a las parejas interrumpidas en su plática y escarceo dominical.
Al final, culminan con un minifestival de performances, música de tambores y canciones que llaman a resistir.
En uno de los actos, dan testimonio de hechos de violencia y conminan a los mirones que se han multiplicado considerablemente: “¿Y de ustedes?, ¿acaso habrá alguno que no tenga una historia como éstas?, la que sufrió usted, alguien cercano, su amigo, su pariente, su vecino… ¿Qué harán? Nosotros, por lo pronto, anularemos la boleta y la cruzaremos con No Keremos esta Guerra”.

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